Relato 7, Mi adicto y yo

Relato 7, Mi adicto y yo

La gente del caserío se arremolinó a la orilla del río crecido y algunos gritaban.

—¡Es el médico —dijo una mujer embarazada— se me lo va a tragar la corriente.

—Calma que él sale, mujer, es que le gusta desafiar la muerte. No es la primera vez que lo hace. Lo vas a ver prontico tirado por las aguas aquí, a los pies tuyos.

—¡Ese doctor parece «curado de espantos» .No se lo traga ni la mismísima anaconda que arrastró al finado Juan cuando estaba pescando en la orilla el otro día! —dijo un pescador que recogía su atarraya.

Media hora más tarde y los curiosos se han ido. Solo un hombre permanece al lado del sobreviviente, en un intento fallido por sacarle las palabras…

—¡Lo vi mal doctor Holmes, lo vi mal!… —Y se aleja, convencido de que allí no hay diálogo posible.

Tirado a la orilla de un tramo ancho del río Guaviare queda el galeno joven, de corta estatura y espaldas anchas, que llegó hace un año con su silencio y sus ojos oscuros, inescrutables.

—¿Será un dolor por dentro el que lo hace caminar tan despacio, como si no quisiera? —se preguntaban todos en el caserío. Pero empezaron a llegarle los enfermos y encontraron un señor dispuesto a dar la vida por ellos.

Que había algo raro en él; «un exceso de respeto o de compasión», comentaban las enfermeras en el cafetín del hospital.

—¿Saben cómo llena el certificado de las muchachas que vienen a hacerse los exámenes de rigor para poder trabajar en la zona roja?

—¿Cómo? —preguntó una enamorada silenciosa del hombre extraño aquel… «…Certifico que la señora Rubiela puede ejercer su trabajo de meretriz sin que represente un riesgo para la salud pública»… No se rían. Así es…

Ya solo, con el río a sus pies y la inmensidad de la selva a su alrededor, enciende un cigarro preparado por él, con una mezcla alucinógena que le aportan sus conocimientos médicos y su experiencia de seis años con la droga.

Un año atrás había tomado la decisión de venirse al monte después de un último intento fallido de quitarse la vida, acosado por la heroína y las drogas más duras del mercado.

Esa vez la pelea no había sido con las aguas sino con Dios. Era un 31 de diciembre a las 11.30 de la noche. Estaba solo. De su esposa Marta  y sus dos hijos no sabía nada desde hacía dos años, cuando ella se fue a vivir con sus padres a su ciudad natal, cansada de esperar que destinara la Meperidina no a su vicio sino a los pacientes del Hospital… Uno a uno, borracho y drogado como estaba, subió los cinco pisos hasta la terraza del edificio donde vivía. Llevaba en su mano una Biblia, no para orar sino para confrontar a los cielos… Sobre las baldosas frías cayó de rodillas, mientras miraba al firmamento donde titilaban las estrellas. Las notas del año nuevo apagaron un grito desesperado:

—¡Dios, qué es esta mierda de vida! ¡Dios, si vos existís sácame de este infierno y llévame a tu lado! —repetía.

Lo salvó el rondero que a esas horas miró para arriba vigilando un globo de navidad, y se encontró con la figura de un hombre asomado al borde de la terraza, con una mano levantada hacia el cielo y la otra aferrada a un libro grueso sobre el que estaba marcada una cruz y decía: Sagrada Biblia

La próxima escala fue la selva y sus largos monólogos acostado en una hamaca, comprendiendo los diálogos que había tenido en la Universidad con su compañero asesinado y miembro de un movimiento revolucionario, Carlos Pizarro León Gómez.

—La gente del campo —le decía Pizarro— tiene menos presencia del Estado que un cerdo en un matadero de pueblo. A nosotros los rebeldes nos alimenta la corrupción, la inoperancia y la indiferencia de la clase dirigente y política.

—Razón tenía mi amigo —pensaba escuchando los monos aulladores detrás de su hamaca.

El drama del Andrés, el chico de 13 años que se fue para el monte el día anterior a dar bala, le había tocado esa sensibilidad que lo hacía llorar tan fácilmente desde que empezó en el mundo de la droga.

«Me voy para el monte, médico. Mañana vienen por mí y si no me les uno la pagan los cuchos. Me los matan, como mataron a mi hermana».

Cuando preguntó por el joven en la tarde ya estaba en el monte, con un fusil al hombro… Sintió tanta rabia que se fumó el bazuco que le quedaba y se tiró al río buscando la muerte una vez más.

En la hamaca solía lamer sus penas hasta cuando llegaban con un enfermo a pedirle ayuda. Y así, meciéndose, en el sopor de la droga, recordaba una y otra vez a su hermano muerto. Y la culpa lo agotaba.

Todo ocurrió cuando estaba haciendo el año rural como médico en el Valle. Había aprendido de la droga en la Universidad pese a que estaba lleno de argumentos para decir que nunca la probaría. Pero desde la primera dosis le encantó esa vaina.

Ahora estaba a punto de graduarse. Una llamada al puesto de enfermería lo despertó.

—Médico, lo llaman de su casa porque su hermano se tomó una sobredosis —lo alertó la enfermera de turno.

Podía haber cogido un carro y llegar para acompañar a su hermano en el trance, pero alterado como estaba por los efectos de la última dosis, apenas sí atinó a acusarse por haberle respondido el fin de semana todas las preguntas que le hizo sobre las consecuencias de una sobredosis de antidepresivos.

—¿Cómo no adiviné sus intenciones? —se preguntaba una y otra vez en sus culpas.

Aquella noche se limitó a tomar un teléfono para dar instrucciones a su madre sobre lo que debía hacer con su hermano. Ella lo llevó  inconsciente hasta urgencias de un hospital en Cali;  lo ubicaron en una camilla en un pasillo, él convulsionó, se bronco aspiró y falleció. Los meses que siguieron fueron para Holmes de llanto inconsolable ante la tumba de su hermano mientras se decía: «¿Por qué no los acompañé como debí hacerlo?».

Con la culpa a cuestas, sufrió el accidente automovilístico que le dio la estocada final: se hizo adicto a la meperidina que le colocaron para atenuar el dolor de las heridas.

Ya había probado la morfina y le había gustado mucho su efecto. ¡Qué iba a saberlo la enfermera de turno que le aplicó la dosis! Un año más tarde, el día de su matrimonio, antes de colocarse el frac se inyectó la dosis de rutina. Su padre le tocó la puerta muchas veces para ayudarle a acomodarse el corbatín, pero él no respondió nunca. Estaba en lo suyo, a puerta cerrada.

—Pobre Marta —lloraba en la hamaca en las noches de selva— cómo no iba a dejarme una mujer con una hija y siete meses de embarazo si le había prometido que estaría sobrio para el nacimiento de nuestro segundo hijo y cada noche solo encontraba los restos humanos en los que me he convertido; fue capaz de seguirme como esposa a pesar de la oposición de su familia. Ella no tenía otra salida que abandonarme…

Los ruidos de la selva espesa, los graznidos de las guacamayas, desfilaban hora tras hora por la soledad de su hamaca. Solo remordimientos y recuerdos y monólogos entre él y su personalidad adictiva y su compulsión por la muerte.

«¿Muerte, por qué no quieres hacer nido en mi cuerpo? ¡Ah, ya comprendo! Es que has estado siempre conmigo, porque los adictos como yo manejamos la pulsión de la muerte con furor…!Cómo me gusta encontrarte en el riesgo!…No pude ser aviador como soñaba, pero aquí estoy, volando de otra manera… Escuché decir a un sacerdote que los adictos somos ángeles con una sola ala y para poder volar necesitamos abrazarnos. Pero yo me preguntó. ¿De dónde saco la otra ala? ¿Cómo hago que crezca en mí esa dosis de espiritualidad que necesito? ¿Cómo conectarme con el amor que me falta? ¿Cómo encontrar un sentido a mi desgracia? ¿Cómo resignificar mi vida? ¿Si Victor Frankl, el psiquiatra con el que me encontré en los textos de la Universidad sobrevivió a un campo de concentración dando sentido a su dolor y soñando con un mundo posible, por qué no puedo hacerlo yo? ¿Dónde dejé mis afectos, dónde está mi padre, dónde Dios que no me escucha, si los adictos necesitamos el abrazo amoroso y el perdón que sana…? ¿Dónde están mis hijos? ¿Por qué sentí este dolor tan inmenso ayer cuando logré llamar a Marta y solo tuve como respuesta a mi saludo el silencio al otro lado de la línea?

Pero…¿quién me abraza aquí en este dolor insoportable? ¿Quién está ahí? ¿Quién llora conmigo en esta noche oscura?… ¡Eres tú, padre, casi no puedo creerlo!».

Al aeropuerto rústico, anclado en la selva del Guaviare, fueron a despedirlo todos los compañeros del Hospital y una madre con su hijo recién nacido en brazos. La misma que lo vio pelear con la muerte en los remolinos del río la otra tarde.

—Cuide a nuestro médico —le dijeron a su padre. Había ido a la selva por su hijo, como mensajero de una esperanza…

Y allí está en la ciudad el médico que quería morir en la selva y no pudo. Ni siquiera el amor de una mujer ha podido salvarlo. Hace un año convive con ella y se inyecta en la calle, en la oscuridad de la noche o en la soledad de la madrugada, lejos de sus ojos enamorados, porque no quiere verla sufrir más.

—¿A dónde vas?, ¡ya es muy tarde!—Le dijo ella aquella noche de mayo.

—A visitar un paciente —mintió. Llevaba en su bolsillo una jeringa y una ampolla de morfina. Caminó calle abajo por el centro de la ciudad en busca de un bar abierto. En la zona de cine rojo encontró uno y fue directo al baño. Necesitaba papel para limpiar la sangre después de punzarse la femoral para que la droga entrara directamente al torrente sanguíneo.

—Maldita sea, olvidé el algodón —se dijo, mientras su mirada recorría aquel baño maloliente y sin papel higiénico. Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en una hoja de periódico que estaba en el piso. «Un nuevo programa para recuperación de adictos», decía un titular escrito en grandes caracteres. Era un diario del 21 de mayo de 1989. La recogió, la metió arrugada en su bolsillo y se hizo una pregunta: ¿Será esta una coincidencia o un ángel con dos alas ha puesto este escrito en mi camino?

Aquella noche no durmió; lo persiguió la imagen del hombre rapado que estaba orando ante una gruta en la fotografía del periódico que escondió en su bolsillo.  Al día siguiente iría en busca de una respuesta.

EPÍLOGO.  Este médico cirujano fue rehabilitado en la Fundación Hogares Claret. Se convirtió en su director terapéutico y ahora tiene su consultorio particular donde practica la medicina bioenergética y ayuda a curar con sus manos y sus palabras cargadas de humanidad y realismo. Sus enseñanzas sobre el manejo de la adicción y el dolor hacen carrera en los libros y en la mente de muchas personas. Es conferencista y tallerista en eventos nacionales e internacionales

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